martes, 2 de marzo de 2010

Dos Velatorios


Falleció el abuelo Salmiro, y tuvo la muerte más dichosa. Murió sentado, esperando su turno en las bochas, en el Centro de Jubilados "la nueva esperanza". Era el clásico del domingo, "Los bastones reboltosos" vs Hogar de día "El caracol pensionado".
Viudo, sin hijos, pero con dos hermanas aún vivas, Nicolasa Perulero, y Ercilia Perulero viuda de Rocha.
Suerte que Salmiro tenía Pami, le cubrió el 20% del sepelio más 1 bono para un arreglo floral de $5, 50 ctvos., beneficios que le fueron descontados de su jubilación durante 50 años.
Los abuelos que jugaban con él estaban consternados, así que no lo movieron, llamaron a la policia que llegó a la media hora y se encargo de avisar a la familia aunque éstos no lo movieron, pero si avisaron al servicio de emergencia. Los del servicio de emergencia constataron la defunción pero tampoco lo movieron, así que cuando vinieron a buscarlo para llevarlo a la morgue el bisabuelo Salmiro estaba durito como una tostada, y para colmo, jamás soltó la bocha, así que lo llevaron nomás, semisentado y con la bola pegada a su mano.

Decía el Nestor, que trabaja en una veterinaria, que en la morgue, para ablandarlos los arrojan en agua caliente; en cambio Elvira dice que los enlazan de ambos extremos y tiran hasta que quedan lisitos.
La entrada de la casa funeraria era como la entrada de un Hoyts cinema, en éstos una enorme marquesina de vidrio te recibe en la puerta, donde figura: nombre de la peli, sala y hora de la función. Aquí en cambio figura el nombre del muerto, sala y hora del entierro. Sólo le faltan las marquesinas de próximos estrenos, aunque con la tecnología que hay ahora, pronto los funerales también tendrán sus murales de próximos servicios. De esta forma podremos reservar previamente un cómodo lugar privilegiado cerquita del difunto, ir pagando las flores en cómodas cuotas, o por qué no contar con una "lista de fallecimiento" asi como la "Lista de casamiento", donde cada familiar, amigo, vecino invitado colabore, aporte con la chorrera de gastos de la inhumación y evitar de esta forma que una sola persona se adueñe del derecho que tenemos todos de pagar el entierro de nuestro ser querido. En la lista figuraría el impuesto por cajón abierto, impuesto por evento insalubre, impuesto por salir de zona urbana, por regresar de ella, impuesto a más de 2 coronas florales, Impuesto a menor cantidad de asistentes, y el impuesto a reacciones descontroladas, ataques de ira, llanto o convulsión nerviosa.
Así y todo entramos, primero un living, pasillo, dispenser, baños a la izquierda, pasillo, cocinita, más dispenser, living grande con gente de otro velatorio que te mira de arriba a abajo y piensa: "sos una intrusa". Lo bueno es que en este tipo de velatorios compartidos el respeto es extremadamente exagerado. Nadie se levanta a preguntarte si sos familiar del muerto; por el contrario te abrazan aún desconociendo tu identidad y te agradecen una y otra vez el que hayas podido venir.
La cuestión es que el bisabuelo no estaba por ningún lado, hasta que por fín una voz proveniente de un altoparlante parecido al de los aeropuertos anunciaba "Salmiro Perulero, 15 horas, crematorio municipal, edificio Malanca, zona roja, 2do subsuelo salita B1. Y allí entramos: ochenta personas apretadas, olor a cafe con claveles con llanto. Son esos espacios cerrados que te dan una profunda somnolencia. Ochenta personas llorando enloquecidamente. Pensaba cuando fue la última vez que cada una de estos individuos había visto por última vez al abuelo. Pues, vivía solo, al fondo de la casa de la tía Clelia que días antes especuló con la idea de llevarlo a vivir sus últimos días en un geriátrico.
En fin todo pipi cucú, en la cocinita muchos potecitos enfilados prolijamente, un potecito con cafe intantáneo en sobrecitos, otro con cafe suave, torreado, otro pote con té de té, té de tilo, té de boldo, carqueja, baleriana, en hebras finas, gruesas, caldos para sopa, mate cocido, yerba mate, edulcorante y hasta azucar impalpable. Y yo sólo queria un vaso de agua fresca pero el dispenser estaba roto. En los baños se terminó el papel higiénico por las interminable moqueada de las viejas....
Nada pero nada que ver con el sepelio de la Gringa, allá en el asentamiento cooperativa "la segunda" por Malagueño. 140 kilos de grasa curtida en el lomo. Vivía de sus ventas, pastelitos, bombitas de crema, los sábados empanadas salteñas y el locro caldudo del domingo. Amasaba todo con una furia asesina, la mesa se movia descaderándose al ritmo de sus brazos pesados, colgantes, dandole sopapos a la masa, como apalenado a la mala racha, siempre con el vaso de termidor al lado. Se brotaba de sudor y te hablaba bien cerca compartiéndote el aliento, la malaria, el polvo y ese ronquido permanente que le salía de adentro como si tuviese una persona atrapada silvándole desde las tripas. Se limpiaba con el delantal grasiento llevándose el antebrazo a la frente como para recobrar la fuerza y te estrechaba con su mano gruesa, siempre caliente.
Tres veces cayó la Gringa al Misericordia con cólico renal, pero no hacía caso, se rascaba los cálculos de tan dejada. Y Siempre se quejaba de ese dolorcito en las coyunturas. Tres veces cayó, la cuarta no le perdonó y allá fuimos al velorio.
Un mundo de gente, ya desde la equina, chicos en moto, gente en bicicleta, ancianos en silla de ruedas. Para colmo 20 de noviembre, un calor horrendo, un apelotonamiento de gentío cruzada.
El velorio lo hicieron en las casas cómo un último gustito para ella. Con asado y cerveza incluída.Pero afuera, porque la casita era un estrechez, una casillita de gas.
Hicieron poner el cajón bajo la parra del patio, sacaron la puma vieja del Julio y la mesa llena de cosas. Los tablones para el asado a diez metros, paralelos al cajón, y el asado en una enorme parrilla que sabíamos usar para ir al rally. Y allí estuvimos, con el llanto entrecortado entre los bocados de carne que sabían a las empanadas de la Gringa. Mirabamos sus ollas, sus fuentes, sus cucharones a traves de la ventana abierta de la cocina. El olor a fritanga todavia impreso en el respaldo de las sillas, y la voz de ella todavia en el aire como un zumbido, gritándole al Guille para que se levante a changuear. Todo el recuerdo pegoteado en la garganta. Y el Guille tieso al lado de ella con los hijos de ambos y del otro lado el ex marido también sin poder desahucease del todo. Los dos hijos más grandes de la Gringa están en Bower así que hubo un lío de papeles para traerlos.
Después del asado cayó el Julio en la estanciera tuneada. Vino raudo vino, como con una emoción sobresalida que se estaba por explotar.
Abrió la parte de atras, peló los cable de los bafle, apuntó a la Gringa como si quisiera darle al pecho, con un suspiro ahogado: - Para vos hermosa! - y dejó sonar a Carlitos con "Te lo juro vieja" que repercutió en las casas vecinas como un lamento y la lorena que se desmayaba entre sus hermanos.
Y así pasó la noche, con la Gringa bajo la parra del patio, y nosotros con los ojos bien abiertos con el "corbatita", el gato de ella, que supo traer enfermito de Estación flores, y que se refregaba el lomo en los pies del cajón como acariciándola.
Al otro día llegó temprano un despliegue policial como un operativo para el super clásico, el ETER traía al Tato y al Ulises de la Bower. Era el momento esperado por todos, mis dos primos de la Bower! sabes que? Del sector máxima peligrosidad! venían re cubiertos de tipos porque son re grosos ellos. Cayeron varias veces y se escapaban, hasta que un botón de Hogar III los batió y los mandaron para allá. Nos abrimos a ambos lados y ahí pasaron esposados, con la cabeza a gachas. - No se les puede hablar ni darles nada - nos advirtió uno de los oficiales, un grandote caretón, pero de allá atrás vino un alarido afónico como una pedrada: Te queremo Tato!, Tatooo! - (igualito al ringtone de Karina) mientras se sentía un llanterío general de las mujeres, y el Gille que le pegó una patada al tronco del limonero mientras lloraba temblando a los gritos con toda la camisa abierta y el pantalón flojo. Después nos corrieron veinte metros, nos corrieron, sobre la ruta, y ellos quedaron solos con la custodía al lado de su madre apenas diez minutos.Pero lo más triste vino al final, a la una de la tarde, en la salida. El calor más horrendo, el olor a flores que se iban ajando de las coronas, las botellitas de agua debajo del cajón para sacar la mala onda, todas las cartitas y las fotos que fuimos poniendo para que la Gringa no nos olvide, y ella con una cara de paz, mucha más paz que la noche anterior. La Lorena que reaccionaba y volvia a desmayarse. Los chicos más chicos que gritaban era esos cinco minutos finales, te queres morir, no terminaba más, el cajón que nos pechabamos por llevar, la procesión hasta la esquina, despacito, el ruidito de la cinta cuando corre el ataúd para adentro de la carroza, el colectivo que nos prestó la cooperativa para llevar a todos, la gente caminando, las motos, el auto del Fede que no arrancaba y así... todo tan triste.